Amnesia de fuente (informativa)

¿Cuántas veces hemos compartido una información con alguién, sin ser capaces de determinar exactamente de dónde hemos obtenido esa información (“Lo he leído en algún sitio”)? ¿Y cuántas veces esa misma información ha resultado ser cierta sólo de una manera parcial?, ¿o se ha correspondido sólo de una manera limitada con la información de la fuente original? Este fenómeno tiene un nombre particular, la amnesia de fuente, y sobre él trata este post.

En sentido estricto, la AF es una enfermedad neurológica que provoca esa peculiar disfunción de la memoria. Pero, por supuesto, el hecho de que no podamos atribuir a una información una fuente exacta no implica que padezcamos una enfermedad neurológica. Así pues, sería más correcto hablar de un error de monitorización de fuente, puesto que la monitorización de fuente es la habilidad de recuperar una información de la memoria. Para este post, no obstante, utilizaré la denominación “amnesia de fuente”, puesto que es la más popular.

¿Por qué se produce la amnesia de fuente? En el estudio de la memoria, se suelen distinguir diferentes tipos. Aquí nos interesan dos de ellos: en primer lugar, la memoria episódica, cuyo funcionamiento está basado en parámetros de espacio-tiempo, por lo que nos permite recordar sucesos relacionados con espacio, lugares y tiempos concretos; en segundo lugar, la memoria semántica, que es aquella que codifica la información de manera abstracta, conceptual (Manzzoni; 2010).

Un ejemplo sencillo nos permitirá comprender la diferencia entre ambas memorias. Supongamos que estoy de vacaciones, en un pueblo, y que salgo a dar un paseo: me detengo a contemplar el gran árbol que preside su plaza. Durante un tiempo, este recuerdo se almacenará de manera específica en la memoria episódica, gracias a la cual podré recordar el día concreto y el momento del día en que contemplé el árbol; pasado ese tiempo umbral, el recuerdo quedará almacenado en la memoria semántica, gracias a la cual recordaré haber contemplado el árbol (recordando al mismo como una representación típica de un árbol, no necesariamente en todos sus detalles), pero no de manera necesaria el día concreto y el momento del mismo.

La relación entre la memoria episódica y la semántica es compleja, de tal manera que la memoria semántica influyen en la actividad de la memoria episódica, tanto en el momento de la codificación del recuerdo como en el momento de su recuperación. ¿Cómo?

Cuando atendemos conscientemente a un suceso, o a un estímulo, es más probable que éste pase a quedar codificado en la memoria episódica. Pero no lo hace de una manera exacta. Las personas poseemos estructuras de conocimiento, llamadas esquemas, que representan conceptos típicos de nuestra realidad. Así, por ejemplo, para una persona determinada el esquema “restaurante” puede estar formado por un concepto abstracto determinado por una serie de características típicas de los restaurantes (local con mesas y sillas, una barra, un@ o varias camarer@s,…). Los esquemas rellenan, por así decirlo, la información que entra a formar parte de la memoria episódica, aportando características que no formaban parte necesariamente del suceso real. La investigación sobre la memoria ha aportado ejemplos divertidos sobre este fenómeno. Por ejemplo: un investigador preguntó a unos alumnos de educación primaria de qué color era la barba de su profesor; algunos alumnos contestaron “marrón”, mientras que otros contestaron “negra”: el caso es que el profesor en cuestión no tenía barba, por lo que esa característica fue añadida por el esquema mental del concepto “profesor” que tenían los alumnos (Mazzoni; 2010).

Este relleno de información también se puede producir durante la recuperación del recuerdo, especialmente cuando el suceso hace tiempo que ha abandonado la memoria episódica, para quedar codificado en la memoria semántica. Y es aquí donde se produce la amnesia de fuente, en su doble vertiente.

Recordemos, como ya he escrito en un post anterior, que las personas nos enfrentamos al mundo con una serie de creencias potencialmente sesgadas, que pueden influir poderosamente en el proceso de recuperación de información, y en la posterior evaluación y justificación de ésta. Por tanto, las consecuencias de este fenómeno pueden variar desde lo trivial (por ejemplo, dar pábulo a descabelladas leyendas urbanas), hasta lo trágico (distorsiones de las declaraciones de testigos en casos judiciales).

Dada la peculiar manera de funcionar de nuestra memoria, haríamos bien en ser cuidadosos a la hora de evaluar la información a la que estamos expuestos, siendo especialmente críticos en la evaluación de la autoría de la información: un rumor injustificado, y con poco fundamento, puede extenderse rápidamente entre segmentos de la sociedad, bajo la forma “Lo leí en algún sitio”, como muestra las sospechas infundadas que en su día se difundieron sobre la filiación religiosa del entonces senador Barack Obama.

Bibliografía:

Mazzoni, Giuliana. ¿Se puede creer a un testigo?: el testimonio y las trampas de la memoria. Madrid: Trotta, 2010.

Créditos: Imagen de Artotem

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