Redes sociales: ¿homofilia o contagio?

Es más que probable que a estas alturas el lector haya oído hablar de la obra Conectados: el sorprendente poder de las redes sociales y cómo afectan nuestras vidas, de Nicholas A. Christakis y James H. Fowler. Una de las ideas más impactantes de su libro es el principio de los tres grados de influencia: personas que se encuentran a tres grados de nosotros, sean conocidas o no, influyen en diversos aspectos de nuestra vida de manera sorprendente. Tras realizar estudios estadísticos y analizar diversos modelos reales de redes de personas, los autores proponen que fenómenos como la obesidad, el tabaquismo, el acné o incluso la felicidad, son contagiosos: si las personas que están en nuestra red dentro de esos tres grados de separación, por ejemplo, engordan, nuestra probabilidad de engordar aumenta aunque no conozcamos directamente a esas personas. En este post, veremos que existe cierta controversia sobre la fiabilidad de los estudios de Christakis y Fowler (CyF), por lo que la hipótesis del contagio social contaría con menos apoyos de los que sus autores suponen.

La alternativa clásica al contagio social en el fenómeno conocido como homofilia, según el cuál nos relacionamos con aquellas personas que son parecidas a nosotros mismos. En el ejemplo de la obesidad, la homofilia nos diría que las personas con sobrepeso tienden a relacionarse entre sí por el mismo hecho de presentar sobrepeso.

Como he comentado más arriba, CyF mantienen que la obesidad sigue un patrón de contagio. Esto no quiere decir que sea la obesidad misma la que se contagia. Según CyF, lo que se contagia es una “norma”, es decir, una idea sobre qué aspecto tendría una persona “normal”: esta norma podría llegar a interiorizarse, de manera que podría afectar a nuestra propia conducta.

En otros casos, aquello que se contagia puede no ser una norma. Por ejemplo, en el caso de la felicidad, puede que lo que se contagie sea el mismo comportamiento, la misma actitud feliz, gracias al efecto de nuestras neuronas espejo.

¿Cómo llegaron CyF a estas conclusiones sobre el contagio?: utilizando el estudio cardiovascular Framingham. Dicho estudio comenzó en el año 1948 en la ciudad de Framingham, Massachusetts, con el objetivo de estudiar las causas del infarto y la enfermedad coronaria. Los investigadores reclutaron a 5209 hombres y mujeres de entre 30 y 62 años, para realizar la primera ronda de exploraciones físicas y de entrevistas sobre el estilo de vida, con la intención de analizar cambios de patrones en el tiempo. De hecho, desde el año 1948, los sujetos vuelven a someterse, cada dos años, a esas mismas exploraciones. Además, en 1971, los investigadores incorporaron una segunda generación al estudio: 5124 esposas e hijos de los participantes originales.

CyF contaban así con una gran cantidad de datos que mostraban no sólo la variación de determinadas características físicas de los individuos en el tiempo (como la obesidad), sino la variación de esas mismas características en los miembros de las redes sociales de estos individuos. Los análisis estadísticos de CyF, y las simulaciones por ordenador de esos modelos, llevaron a los autores a proponer que la obesidad seguía un patrón por contagio.

Pero, desde entonces, han aparecido diversos estudios que ponen en duda, o matizan, la propuesta de CyF. Y lo hacen mediante un control estadístico más riguroso sobre los datos de los estudios de CyF.

Así, en su artículo The Spread of Evidence-Poor Medicine via Flawed Social-Network Analysis matemático Russell Lyons pone en duda el contagio social, al criticar los métodos estadísticos utilizados por CyF. También lo hacen Ethan Cohen-Cole y Jason Fletcher en su artículo Detecting implausible social network effects in acne, height, and headaches: longitudinal analysis, argumentando que el contagio social en cuanto a la felicidad, el acné, la altura y los dolores de cabeza pasa a ser estadísticamente no relevante cuando los efectos ambientales se controlan estadísticamente de una manera más estricta.

Dos estudios recientes también apuntan en la misma línea. En primer lugar, el artículo de Tyler J. VanderWeele Sensitivity Analysis for Contagion Effects in Social Networks nos dice que mientras el efecto de contagio para la obesidad y el dejar de fumar podrían ser robustos, la felicidad, la soledad, la variación en la altura, el acné y el dolor de cabeza podría ser explicado de una manera más sólida por la homofilia. En segundo lugar, el trabajo de Hans Noela y de Brendan Nyhanb The “unfriending” problem: The consequences of homophily in friendship retention for causal estimates of social influence concluye que lo que CyF atribuyen al contagio social podría ser explicado no ya por la homofilia, sino por el grado de retención de las amistades en nuestra red social.

Entonces, ¿homofilia o contagio? Si tenemos en cuenta las importantes implicaciones prácticas que CyF atribuyen a sus descubrimientos (por ejemplo, en cuanto a salud pública), la pregunta es cualquier cosa menos trivial. CyF incluso han creado una nueva denominación para la persona conectada, el Homo Dyctious, el “hombre en red”: la responsabilidad sobre sus acciones sería tremenda, dado el posible contagio de sus consecuencias más allá de sus relaciones inmediatas.

Pero la controversia también me parece interesante debido a otro estudio muy reciente, Social ecology of similarity: Big schools, small schools and social relationships. En él, Angela Bahns, Chris Crandall y Kate Pickett se preguntan: normalmente, buscamos que los individuos con los que nos relacionamos sean parecidos a nosotros (homofilia), pero ¿qué sucede cuando nuestras opciones para entablar relaciones aumentan?, ¿nos relacionamos entonces con personas que son más diferentes a nosotros?

Para responder a estar cuestión, Bahns, Crandall y Pickett compararon universidades pequeñas del MedioOeste de EEUU (sobre los 500 estudiantes), con otra universidad de 25.000 estudiantes. Los investigadores escogían a parejas de estudiantes que interactuaban en público, y les preguntaban cuestiones sobre sus actitudes, creencias y hábitos de salud.

En prácticamente todas las actitudes y comportamientos evaluados, los amigos del campus más amplio eran más similares entre sí que los amigos de los campus pequeños. Conclusión: que nuestras opciones para entablar relaciones aumenten, no implica que también lo haga la variedad de personas con las que nos relacionamos. Parece, pues, que invariablemente buscamos lo similar. Homofilia al poder.

Discusiones como ésta tienen relación directa con algunas cuestiones importantes para la Sociedad de la Información que han ido apareciendo en este blog: ¿hasta qué punto el aumento de oportunidades para relacionarnos hace que el conocimiento sea más rico y diverso?; al menos en algunas situaciones, ¿no sucedería justamente lo contrario? ¿Tú que opinas?

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6 pensamientos en “Redes sociales: ¿homofilia o contagio?

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  3. Pingback: Entrevista sobre el poder de les xarxes socials a James Fowler, per Punset « Xarxes socials i llengües

  4. Pingback: Facebook no se extiende por contagio social | Psicología de la información

  5. Interesante blog. Enhorabuena
    La simplicidad suele encerrar avances importantes.
    Hablamos de homofilia o contagio como posibilidades de intercomuniación; seguro que forman parte de la complejidad que hoy día parece rodear a las ciencias sociales.
    Creo que en general se sigue una moda ( podemos llamarlo contagio) pero acontinuación una amplia mayoria de usuarios campan a sus anchas y en libertad. ¿ Estudiar las reglas del juego es producto de la ambición por controlar la interacción libre a favor de una minoría?. Es lo que siento.
    Un saludo

    • Hola Ignacio:

      Muchas gracias por tu comentario, y siento el retraso. Tienes razón, seguro que tanto la homofília como el contagio forman parte de una realidad compleja, en el sentido de que son fenómenos complementarios que podríamos encontrar en acción dentro de una misma dinámica de creación y expansión de una red. Por lo que a mí respecta, el interés por estudiar “las reglas del juego” responde más bien al deseo de aportar un modesto granito de arena para la mejora de esas reglas. Imagina que la homofília fuera el factor dominante en la interacción en las redes: nos comunicaríamos con aquellas personas que consideramos afines a nosotros. En sí no tiene nada de malo, pero la psicología social nos dice que la homofília puede ser el origen de fenómenos como el pensamiento de grupo, o la ceguera a información externa y discordante a la que fluye entre los miembros del grupo. Así que quizá la interacción “libre” pueda no ser tan libre como parecía en un principio… a no ser que tomemos consciencia de cuál es su verdadera dinámica.

      Graicas de nuevo, y un saludo.

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