¿Cómo evaluar el conocimiento experto?

En ocasiones, nos encontramos ante la duda de si deberíamos confiar o no en determinadas declaraciones científicas. Y no es de extrañar. A medida que aumenta el volumen de información, disminuye nuestra capacidad de asimilarla, y esto es especialmente cierto en la ciencia, donde en ocasiones se necesita un conocimiento especializado previo para entender o valorar según qué noticias o declaraciones. El tema es importante: pensemos que nuestras creencias pueden determinar nuestras acciones, en cuestiones tan importantes como la energía nuclear, la eutanasia, la modificación genética,… Así pues, ¿cómo podemos evaluar el conocimiento científico experto sin ser expertos?

Hay una respuesta fácil para esta pregunta: podríamos confiar en los expertos, sin intentar evaluar el conocimiento que producen. No obstante, como nos dicen Jerry Cederblom y David Paulsen en su obra Critical reasoning (2005), esta postura presenta tres problemas importantes:

1. Determinar quiénes son los expertos en los que deberíamos confiar para cada problema. Cederblom y Paulsen utilizan el ejemplo de la energía nuclear: puede que podamos confiar en un físico si discutimos el proceso nuclear, pero no necesariamente si consideramos otros aspectos relacionados (economía, medio ambiente,…).

2. Los expertos pueden no estar de acuerdo sobre una determinada cuestión. Sucede a menudo que los científicos valoran de manera diferente los mismos estudios, porque interpretan los datos de diferente manera, o porque mantienen otras asunciones (más sobre las asunciones en unos momentos): ¿a qué experto deberíamos creer entonces?

3. Si delegamos totalmente en los expertos, ¿cómo podríamos controlar su influencia en la sociedad? Dicho de otra manera, si renunciamos a formarnos una opinión sobre determinados temas, estamos expuestos a que los expertos ejerzan una influencia desproporcionada en nuestras vidas: estaremos dispuestos a creernos todo aquello que nos digan.

Visto lo visto, más nos valdría evaluar el conocimiento experto, aunque nosotros mismos no seamos expertos. Pero, ¿cómo hacerlo entonces? Janet D. Stemwedel, en su blog Doing Good Science, nos ofrece una reflexión que me parece muy acertada.

Nos dice Stemwedel que las ciencias empíricas se basan en datos y, aunque los detalles sobre esos datos pueden variar mucho entre disciplinas científicas, existen elementos comunes en los patrones de razonamiento que los científicos utilizan para contrastar sus teorías con los datos.

Así, aunque no podamos evaluar directamente los datos brutos, o el método utilizado para su obtención, sí podemos evaluar esos patrones de razonamiento una vez que entendemos los fundamentos del método científico. De esta manera, seríamos capaces de evaluar la manera en que los datos se utilizan para apoyar o refutar las hipótesis, podríamos detectar falacias lógicas en la argumentación,… Como nos recuerda la autora, éstas son las evaluaciones que una persona ejercitada en el pensamiento crítico podría llevar a cabo, aún no siendo expertos.

Seamos concretos entonces: ¿qué es lo que deberíamos evaluar cuando nos enfrentemos al conocimiento experto? Según Stemwedel, lo siguiente:

  •  Cúal es la hipótesis que se defiende
  • Qué es lo que espera observar el experto si la hipótesis es verdadera (y a la inversa: qué espera observar el experto si la hipótesis es falsa)
  • Qué es lo que de hecho el experto observa en los datos
  • Qué es lo que el experto dice sobre la verdad o falsedad de la hipótesis teniendo en cuenta los resultados
  • Qué tipo de estudio sería recomendable realizar para reforzar la verdad de la hipótesis

Como he comentado más arriba, puede que el razonamiento sea correcto, pero que aún así diferentes expertos discrepen sobre cómo han de interpretarse los resultados. Es por esto por lo que Stemwedel añade un par de puntos más a evaluar:

  • Si el experto mencionar resultados, publicados o no, que pudieran refutar sus propias conclusiones
  • Si el experto ha tenido en cuenta esas posibles críticas a la hora de evaluar sus conclusiones

Aunque estos dos últimos puntos son valiosos, es muy difícil que un experto tenga en cuenta todos y cada uno de aquellos resultados que podrían poner en entredicho sus conclusiones. Y aquí es donde hemos de volver a hablar sobre las asunciones en las que los científicos pueden apoyar sus razonamientos.

Una asunción no es más que una idea que se toma por sentada, y que por lo tanto no aparece de manera explícita en los argumentos. Estas ideas funcionan así como un pegamento, que ayuda a aportar coherencia al argumento.

Como las asunciones son ideas que no se encuentran de manera explícita en el argumento, Cederblom y Paulsen nos comentan que necesitamos una buena dosis de inventiva y de creatividad para sacarlas a la luz. Pero, ¿hay alguna guía que nos ayude a detectar las asunciones de una manera más sistemática? M. Neil Browne y Stuart M. Keeley, en su obra Asking the right questions, nos proporcionan una serie de preguntas útiles para agilizar el proceso.

Según Browne y Keeley, hay dos tipos de asunciones: asunciones valorativas (value assumptions), que son ideas que nos proporcionar estándares de conducta mediante los cuáles juzgamos el comportamiento de los demás; y asunciones descriptivas (descriptive assumptions), que son creencias sobre el modo en el que el mundo es. Así:

Para las asunciones valorativas, podemos preguntarnos (p. 63):

  • ¿Cuál es el bagaje del autor?
  • ¿Por qué las consecuencias de la posición del autor son tan importantes para él?
  • ¿Podemos encontrar controversias similares en las que identifiquemos esas asunciones?
  • ¿Podemos adoptar una posición opuesta a la del autor, para identificar qué valores son importantes en esa posición?
  • ¿Podemos identificar conflictos de valores comunes en la posición del autor (por ejemplo, responsabilidad individual vs. colectiva)?

Para las asunciones descriptivas, podemos preguntarnos (p. 79):

  • ¿Podemos identificar algún punto flaco entre el razonamiento y la conclusión?
  • ¿Podemos identificar las ideas que apoyan a las razones que ofrece el autor?
  • ¿Podemos adoptar una posición opuesta a la del autor?
  • ¿Podemos imaginar otras razones que apoyen la misma conclusión?

Bibliografía:

Cerderblom, Jerry; Paulsen, David. Critical reasoning. Wadsworth Publishing Company, 2005.

Neil Browne, M.; M. Keeley, Stuart. Asking the right questions. New Jersey: Pearson, 2007.

Créditos:

Imagen de IITA Image Library

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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