Bendita ignorancia: ¿qué nos lleva a no querer saber?

Constantemente, nos enfrentamos a informaciones que no sabemos cómo valorar, o que no podemos comprender en su plenitud. Los casos en que esas informaciones son importantes, para los individuos o para la sociedad en conjunto, son especialmente graves, dado que unas creencias erróneas pueden llevarnos a actuar de maneras erróneas.

¿Qué hacemos cuando nos encontramos ante informaciones que no sabemos cómo valorar? La respuesta obvia es que, sencillamente, intentamos saber más sobre el asunto en cuestión. No obstante, hay suficiente evidencia como para mantener la idea contraria: ante informaciones complejas, y ante temas que desconocemos, podemos adoptar una actitud defensiva. En otras palabras: no sólo no nos esforzamos más en saber, sino que no queremos saber. Pero, ¿por qué se da este sesgo hacia la ignorancia?

Un estudio de Steven Shepherd y Aaron C. Kay, publicado en la revista Journal of Personality and Social Psychology, ha tratado de dar una respuesta a este fenómeno, estudiando cómo reaccionan los individuos ante informaciones complejas de importancia social.

Sheperd y Kay proponen un esquema que podría dar cuenta del fenómeno de la ignorancia buscada deliberadamente:

Una manera muy directa de lidiar con el malestar que nos provoca no poder comprender un tema complejo es delegar nuestra responsabilidad a personas más cualificadas que nosotros. Esta estrategia puede ser más atractiva que la búsqueda activa de información y su posterior evaluación, debido a la gran cantidad de información que se produce en nuestras sociedades.

De hecho, este proceso de desvinculación ciudadana con según qué cuestiones, mediada por los aumentos progresivos de información y conocimiento, ha sido lo que ha permitido estructurar nuestras sociedades modernas en diferentes tipos de especialistas. Pero que sea una estrategia cómoda, o que se haya producido en el pasado, no quiere decir que sea una buena estrategia, como luego veremos.

Esta delegación crea una dependencia hacia los expertos que gestionan los temas que nosotros no nos vemos capaces de comprender. Intuitivamente, podríamos pensar que la percepción de esta dependencia nos lleva a ser más críticos con los expertos, puesto que sus acciones y decisiones pueden ser relevantes para nosotros mismos. Pues todo lo contrario: no sólo no criticamos a los expertos, sino que nuestros niveles de confianza hacia ellos suelen tender a aumentar. ¿Por qué?

Ser activamente crítico con alguien de quien dependemos puede ser una fuente de malestar psicológico, por lo que ese criticismo puede ser sustituido por percepciones de legitimidad, confianza, y otras semejantes. Así, las personas tendemos a justificar el satuts quo y los sistemas en los que vivimos. Y este fenómeno se ha podido observar no sólo en las relaciones entre las personas y los sistemas (como gobiernos o instituciones educativas), sino también en el nivel de las relaciones interpersonales en diferentes ámbitos.

A medida que aumenta nuestra confianza en un sistema, mediada por nuestra dependencia hacia él, somos menos propensos a exponernos a informaciones que puedan erosionar esa confianza. Tenemos así una manifestación de la conocida teoría de la disonancia, que nos dice que tendemos a evitar aquella información que es disonante con nuestras creencias actuales, buscando activamente aquella información que las confirma.

Lo interesante es que esta evitación de informaciones que desconfirmen nuestra confianza representa un bucle en el modelo: la evitación de información hace que sepamos menos sobre la cuestión compleja, por lo que tendemos a delegar nuevamente, a incrementar nuestra confianza en los expertos,… y así sucesivamente.

El estudio consta de cinco experimentos en los que Sheperd y Kay han podido confirmar su modelo. Como la metodología es compleja, me centraré en las principales conclusiones. La base de los experimentos es común: a los sujetos, canadienses y estadounidenses, se les muestra una información sobre un tema de calado social (futuras crisis energéticas, energías renovables,…) de dos maneras: expuesta de una manera simple, sin tecnicismos, o expuesta de una manera compleja, con detalles y abundantes términos técnicos.

En el dominio energético, los experimentos 1 y 2 muestran que los individuos enfrentados a informaciones complejas muestran una creciente confianza en el gobierno para gestionar diversas tecnologías medioambientales, así como un creciente apoyo en la manera en que el gobierno decide cómo aplicar esas tecnologías. El estudio 2, además, muestra que las personas que tienen un mayor desconocimiento sobre ciertas cuestiones sociales se muestran más dependientes del gobierno, lo que les conduce a una mayor confianza hacia las políticas del mismo.

El experimento 3 muestra que, ante una información que muestra una inminente crisis energética, aquellos individuos que creen que la cuestión “les supera” tienden a informar un creciente deseo de evitar informaciones sobre el problema.

Los experimentos 4 y 5 muestran que, al menos en parte, ese efecto de ignorancia buscada es debido al deseo de proteger la creencia de la capacidad del gobierno de gestionar esos problemas: los individuos más afectados por la recesión económica, y expuestos a informaciones complejas, evitaron no sólo la información negativa sobre la crisis, sino también aquella información ambigua que podría implicar la incapacidad del gobierno para gestionar la crisis.

Las conclusiones con las que finaliza el estudio son de lo más relevantes. Los investigadores señalan que, como no podía ser menos, hay personas que enfrentadas a informaciones complejas sí que buscan activamente saber más sobre el asunto. Por tanto, las diferencias individuales en cuanto a personalidad cuentan, y mucho, por lo que el estudio de estas diferencias puede ser una prometedora vía de investigación futura.

Aún así, los datos del estudio sugieren que hay importantes barreras en la capacidad para involucrar a la población en cuestiones sociales ámplias. Y es que no solamente las personas pueden tender a evitar la reflexión sobre cuestiones sociales cuando consideran que éstas son complejas, sino que además este efecto parece ser más pronunciado cuando el problema es considerado como urgente (experimento 3). Y es precisamente en esas situaciones de urgencia, en las que se necesita un mayor criticismo por parte de la población, y una evaluación activa de la información relevante, cuando los individuos podemos apoyar con más ahínco el sistema ya establecido.

Y esta última idea lleva a una reflexión interesante. Para aquellos agentes que buscan educar a la población sobre cuestiones importantes (como el cambio climático), adoptar una postura catastrofista, argumentando por la urgencia de encontrar soluciones inmediatas, puede no ser la mejor opción. Quizá los educadores deberían centrarse en trasmitir sus mensajes de una manera simple, enfatizando los aspectos locales de los problemas y las causas individuales. De lo contrario, el público puede percibir el problema como demasiado complejo como para poder hacer nada al respecto, delegando su responsabilidad en otros agentes, y cumpliendo así el bucle propuesto por Sheperd y Kay.

Créditos:

Imagen de mutsmuts

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