A dieta de información

Puede que al lector no le suene el nombre de Clay Johnson, pero Johnson se merece un lugar destacado en el mundo de la política. Curiosamente, no por sus actividades políticas, sino porque fue uno de los cofundadores de la firma Blue State Digital, una agencia que creó y gestionó la marca Obama en las redes sociales durante las elecciones presidenciales de 2008.

Johnson ha vuelto este año a la primera línea de la actualidad de Internet por la publicación de su obra The information diet. En ella, Johnson nos anima a mantener una relación más sana con la información que consumimos en Internet, mostrándonos los peligros de un consumo indiscriminado de información. Y para ello, Johnson nos proporciona unos hábiles consejos prácticos para establecer un consumo consciente de información.

The information diet se basa en un paralelismo entre la industria de la alimentación y la industria de contenidos (o de medios de comunicación). La agricultura sufrió cambios espectaculares en el siglo XX, pasando de la agricultura llevada a cabo por personas en pequeñas plantaciones, a la explotación intensiva gracias a la industrialización. El proceso de mecanización de la agricultura permitió producir más reduciendo los precios, pero a costa de reducir la calidad de los alimentos y, en consecuencia, la calidad de nuestra alimentación. La obesidad se ha convertido en una verdadera epidemia en los países desarrollados, dada la disponibilidad de alimentos manufacturados ricos en grasas y azúcares.

Pero, ¿por qué consumimos esos alimentos, aún si sabemos que son perjudiciales? La respuesta obvia es porque nos encantan. Así pues, la industria de la alimentación en cierta manera no nos proporciona sino aquellos alimentos que nosotros mismos demandamos.

Con la industria de contenidos sucede algo parecido, según Johnson. La mayoría de las grandes corporaciones de telecomunicaciones son cualquier cosa menos objetivas en los contenidos que nos presentan. Aunque el posicionamiento ideológico puede ir desde lo sutil hasta lo abiertamente descarado, lo cierto es que influye en los contenidos que nos presentan, y en la manera de tratarlos.

No obstante, mientras que la mayoría de analistas de medios consideran que estas estrategias responden a un intento de establecer la agenda ideológica de un país o de una región, Johnson sostiene que las corporaciones de medios sólo nos ofrecen los contenidos que nosotros demandamos.

La base de este fenómeno es nuestra tendencia a buscar informaciones que confirmen nuestras creencias, el conocido sesgo de confirmación. Los medios utilizan las informaciones que queremos (o tendemos a) consumir como forma de mantener una audiencia que pueda traducirse en beneficio económico a través de la publicidad. Y este círculo vicioso no sólo se produce en los medios tradicionales, sino también en Internet, a través de las llamadas granjas de contenidos (corporaciones cuya finalidad es detectar tendencias de consumo de contenidos en Internet y ofrecer noticias acorde con esas tendencias)

Food companies want to provide you with the most profitable food possible that will keep you eating it—and the result is our supermarket aisles filled with unimaginable ways to construct and consume corn. Media companies want to provide you with the most profitable information possible that will keep you tuned in, and the result is airwaves filled with fear and affirmation. Those are the things that keep the institutional shareholders that own these firms happy.  (p 33)

Y de la misma manera que somos lo que comemos, también somos lo que buscamos en Internet: el sesgo de confirmación no hace sino reforzar nuestras creencias previas, algunas de las cuáles pueden no tener justificación o un apoyo independiente, sino ser simples prejuicios. En definitiva: una vía segura para negar la posibilidad de transformar la información en conocimiento.

Hay que destacar dos ideas del libro de Johnson que dan sentido a todo su argumento. En primer lugar, a diferencia de otras obras sobre la influencia de Internet en nuestras vidas, como el de Nicholas Carr en Superficiales, Johnson no culpa directamente a las nuevas tecnologías de los peligros que éstas puedan traer consigo, sino a nuestro uso de ellas. En palabras de Johnson:

Blaming a medium or its creators for changing our minds and habits is like blaming food for making us fat. While it’s certainly true that all new developments create the need for new warnings—until there was fire, there wasn’t a rule to not put your hand in it—conspiracy theories wrongly take free will and choice out of the equation. (p 24)

Y sigue Johnson:

Anthropomorphized computers and information technology cannot take responsibility for anything. The responsibility for healthy consumption lies with human technology, in the software of the mind. It must be shared between the content provider and the consumer, the people involved. (p. 24)

En segundo lugar, este énfasis en la responsabilidad personal y en la manera en que consumimos información lleva a Johnson a proclamar que no hay tal cosa como la infoxicacion (“information overload”).

Y es que la información no nos pide que la consumamos, por lo que el problema no es la cantidad total de información sino nuestros hábitos, que nos llevan a consumir información de manera compulsiva e indiscriminada. En otras palabras, el problema real es el exceso de consumo de información (information overconsumption), por lo que deberíamos pensar menos en cómo gestionar la información y más en cómo la consumimos:

Information overload means somehow managing the intake of vast quantities of information in new and more efficient ways. Information overconsumption means we need to find new ways to be selective about our intake. […] In addition, the information overload community tends to rely on technical filters—the equivalent of trying to lose weight by rearranging the shelves in your refrigerator. Tools tend to amplify existing behavior. The mistaken concept of information overload distracts us from paying attention to behavioral changes. (p. 26)

Johnson, siguiendo con su referencia a la industria alimentaria, pone un nombre a esa falta de responsabilidad en el consumo de información: obesidad informacional:

Our media companies aren’t neuroscientists, nor are they conspiratorial. There’s no elaborate plot aimed at driving Americans apart to play against each other in games of reds vs. blues. A more pragmatic view is that our economy is organic. Through the tests of trial and error, our media companies have figured out what we want, and are giving it to us. It turns out, the more they give it to us, the more we want. It’s a self-reinforcing feedback loop. When we tell ourselves, and listen to, only what we want to hear, we can end up so far from reality that we start making poor decisions. […] The result is a public that’s being torn apart, only comfortable hearing the reality that’s unique to their particular tribe. It’s a new kind of ignorance epidemic: information obesity. (p. 54)

Tres serían las formas en que se expresa la obesidad informacional:

1. Agnotología, o duda inducida culturalmente: curiosamente, no siempre es cierto que más información sobre un tema equivale a una opinión más justificada. Johnson menciona el ejemplo de un estudio llevado a cabo sobre la percepción del cambio climático: las personas que decían estar más informadas, también se manifestaban más escépticas sobre la realidad del fenómeno. No es de extrañar, si tenemos en cuenta que los medios suelen presentarnos visiones diferentes de un mismo fenómeno, aún cuando en realidad exista, como en el caso del cambio climático, un consenso unánime entre las comunidades de expertos sobre sus causas y posibles consecuencias.

2. Clausura epistémica: una consecuencia inmediata del sesgo de confirmación: la tendencia a juzgar fuentes de información con las que no estamos de acuerdo como poco fiables o de dudosa reputación.

3. Fracaso de filtro (filter failure): una idea expuesta por Eli Parisier en su obra The filter bubble, que hace referencia a los filtros automáticos de información de nuestras redes y buscadores, que nos ofrecen información personalizada. Esa personalización puede privarnos de la oportunidad de confrontar nuestras creencias con otras informaciones fuera de nuestros círculos inmediatos de contactos, o que no tengan que ver con nuestros hábitos de consumo y de navegación de contenidos en Internet.

Los síntomas de la obesidad informacional son tanto físicos como cognitivos y sociales:

Apnea: según Linda Stone, la lectura de emails y la atención que prestamos a las actualizaciones de las redes sociales provocan una irregularidad en nuestras tasas respiratorias y cardíacas.

Pérdida de sentido del tiempo: seguramente relacionado con los efectos que la dopamina, liberada a través de diversas actividades en la red, produce en nuestro cerebro.

Fatiga atencional: los servicios de la red 2.0 a menudo son calificados como tecnologías de la interrupción, dado la atención constante que nos exigen las alertas y nuevas actualizaciones de nuestros contactos.

Pérdida de amplitud social: los sesgos pueden provocar que disminuyamos la interacción con aquellas personas con las que no estamos de acuerdo en determinados temas, aunque puedan enriquecer nuestra perspectiva en otros asuntos.

Sentido de la realidad distorsionado: como en el ejemplo de la percepción del cambio climático citado más arriba.

Lealtad de marca: un fenómeno buscado y deseado activamente por los gurús del marketing 2.0 mediante diferentes estrategias que buscan conseguir la vinculación del cliente a la marca.

Así pues, un consumo responsable de información puede tener grandes beneficios en nuestras vidas a diferentes niveles. ¿Cómo llevar a cabo una dieta de información efectiva?: aunque la respuesta ha de ser distinta en función de la situación de cada persona, Johnson nos propone una estrategia basada en tres ejes:

En el primer eje, tenemos la alfabetización informacional que comprende las habilidades de búsqueda, filtro y procesamiento, producción y síntesis de la información.

En segundo lugar, la regulación consciente de nuestros procesos de atención. Johnson nos menciona herramientas de software que podemos utilizar para controlar nuestros tiempos de navegación y de atención a determinados servicios, que nos puedan permitir tomar optimizar nuestras sesiones de conexión a Internet, así como aplicaciones que suprimen las notificaciones de nuestras redes sociales (que son un factor de dispersión de la atención). En la página web del libro, Johnson nos ofrece un interesante listado de herramientas.

En tercer lugar, se encontrarían las actividades de consumo responsable de información, que se podrían resumir en:

Reducción del número de canales de información a los que tenemos acceso potencial (por ejemplo, servicios de televisión por cable).

Planificación de nuestras sesiones de navegación, incluyendo tiempos aproximados de conexión para cada tarea.

Consumo de noticias locales, por dos motivos: primero, porque es más probable que la información no haya pasado por los intemediarios de los grandes grupos de comunicación; segundo, porque entre esas noticias pueden haber cuestiones importantes que puedan ser solucionadas con la implicación de las comunidades locales.

Evitación activa de publicidad, ya sea mediante la suscripción a canales de contenidos de calidad que no incluyan publicidad, o mediante el uso de aplicaciones de sofware que permiten la eliminación de los anuncios de una página web.

Diversificación las fuentes de información, incluyendo la selección consciente de contactos en nuestras redes sociales.

En definitiva: el libro de Johnson es una lectura muy recomendable para todos aquellos que nos preocupamos por el consumo de información en nuestras sociedades, y representa una visión fresca, y sobre todo práctica, sobre la infoxicación.

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6 pensamientos en “A dieta de información

  1. Pingback: Infoveganismo | BiblogTecarios

    • Muchas gracias Pablo, me alegra que lo hayas encontrado interesante. Como dices, el libro es útil porque no se queda en alertarnos sobre los peligros de Internet, sino que nos muestra técnicas para lidiar con la infoxicación. Un saludo de vuelta.

  2. Pingback: 15 razones para evitar el consumo de noticias | Psicología de la información

  3. Pingback: A dieta de información | ideofilia

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