Desinformación: cómo se origina y cómo se combate

Vivimos inundados de información, “infoxicados” dirían muchos. Lo cierto es que esta abundancia de información aumenta nuestras posibilidades de obtener conocimiento… pero también de consumir informaciones que son incorrectas.

Y ese consumo de información incorrecta es un problema mayor, puesto que no son en absoluto fáciles de corregir una vez asimiladas. ´Hay algunos ejemplos célebres de este fenómeno, por ejemplo: a día de hoy, todavía hay una fracción nada despreciable de norteamericanos que creen que Barack Obama no nació en Estados Unidos, cuando de hecho nació en Hawai; alarmante también es la proporción de personas que dudan de que el cambio climático no esté provocado por el efecto de las actividades humanas, cuando de hecho hay una considerable consenso científico sobre que el ser humano sí es responsable del cambio climático; y etc, etc,…

Hace unos meses, John Cook, del Global Change Institute (University of Queensland), y Stephan Lewandowsky de la School of Psychology de The University of Western Australia, crearon un interesante documento llamado The Debunking Handbook, una breve guía de 9 páginas dirigida a comunicadores de diversas áreas que quieran enfrentarse a la desinformación.

En su momento, ya reseñé The Debunking Handbook en este blog. Recientemente, Cook y Lewandowsky, junto a Ullrich K. H. Ecker, Collen M. Seifert y Norbert Schwarz, han desarrollado las ideas de The Debunking Handbook en forma de un completo artículo para la revista Pshycological science in the public interest. En el artículo, los autores dan respuesta a dos preguntas: ¿cómo se genera la desinformación y por qué es tan difícil de paliar?, y ¿cuáles son las estrategias más adecuadas para combatirla?

En este post voy a presentaros un resumen de los principales puntos del artículo (aunque recomiendo al lector su lectura completa, ya que es rico en referencias a estudios interesantes sobre la desinformación).
Los autores comienzan presentando las principales fuentes de desinformación en nuestras sociedades actuales:

En primer lugar, tenemos los rumores y las obras de ficción. Puede que encontremos los rumores como una fuente obvia de desinformación, dada nuestra tendencia a comunicar información que provoca un impacto emocional en el receptor (un fenómeno especialmente visible en los medios de comunicación). Pero puede que las obras de ficción no sea un ejemplo típico de fuente de desinformación en el que todos pensaríamos. Sin embargo, sus efectos son muy importantes. Las historias de ficción suelen contener información correcta sobre el mundo, pero puede que también contengan hechos incorrectos o inventados que pasen desapercibidos para el lector y sean incorporados en su visión sobre el mundo.

En segundo lugar, una fuente obvia de desinformación son los gobiernos y los políticos. Aunque parece ser que el público tiene algún tipo de conciencia sobre la presencia de información política sesgada en la sociedad, esa conciencia no parece hacernos más capaces de diferenciar entre informaciñon correctas y falsas, por lo que no es una protección contra los efectos de la desinformación.

En tercer lugar, los intereses particulares, que llevan a empresas y corporaciones a diseminar información falsa, un fenómeno bien observado en aquellas áreas que tienen que ver con la salud pública o ambiental.

En cuarto lugar, otra fuente obvia de desinformación, los medios de comunicación: su tendencia a simplificar noticias complejas, y a presentar puntos de vista “equilibrados” sobre temas polémicos frecuentemente acaban favoreciendo la diseminación de informaciones poco precisas (cuando no abiertamente falsas). Los autores dedican una especial mención a Internet, ya que las redes sociales y las plataformas de creación de blogs permiten la creación de “ciberguetos”, en los que los individuos sólo se exponen a aquellas informaciones que concuerden con sus puntos de pista preconcebidos, que no tienen por qué ser los más correctos.

Señalar las fuentes más frecuentes de desinformación es importante, porque las personas no podemos reconocer una información incorrecta a no ser que se nos advierta de ello. En otras palabras: solemos dar por supuesta la veracidad de las informaciones que consumimos, a no ser que tengamos una fuerte motivación que nos lleve a examinarlas con más atención.

De hecho, las personas solemos dar por correcta una determinada información si:

Es consistente con otras cosas que la gente asume: es el conocido fenómeno del sesgo de confirmación.

Forma parte de una historia más amplia que da sentido y coherencia a sus elementos: de hecho, las historias coherentes son más fáciles de procesar y de recordar que aquellas que presentan lagunas en su coherencia interna.

Proviene de una fuente creíble: desafortunadamente, nuestros juicios sobre la credibilidad de una fuente pueden no ser muy certeros (por ejemplo, la simple repetición de un nombre puede hacerlo más familiar, y la familiaridad puede asociarse con una reputación de credibilidad).

Hay otras personas que la consideren correcta: un factor que en sí mismo tampoco garantiza nada, ya que la repetición de una información, aunque sea falsa, puede provocar una ilusión de consenso social (es decir, podemos creer que hay más gente que da por correcta la información, aunque no sea cierto).

Al inicio del post comentaba que las informaciones incorrectas no son nada fáciles de corregir una vez han sido asimiladas. ¿Por qué?: los autores identifican una serie de procesos cognitivos que dificultan la correción de las informaciones falsas:

En primer lugar, las personas tendemos a crear modelos mentales sobre cómo funciona el mundo: si la correción de una información falsa que forma parte de un modelo mental crea un “gap” en ese modelo, podemos tender a mantener el modelo que ya nos habíamos formado para así mantener su coherencia.

En segundo lugar, podemos retener una información pero no recordar exactamente dónde la obtuvimos (lo que se conoce como amnesia de fuente): así, podría ser que atribuyamos la procedencia de una información (falsa) a una fuente que normalmente es objetivamente creíble.

En tercer lugar, y como ya mencionaba más arriba, las historias coherentes son procesadas y recordadas más facilmente: no obstante, que una historia sea coherente no quiere decir que sea correcta.

En cuarto lugar, se puede producir el fenómeno de la reactancia: por regla general, a las personas no nos gusta que nos digan qué tenemos que hacer o pensar, por lo que puede darse un rechazo hacia la corrección (especialmente cuando esta proviene de fuentes con autoridad).

En quinto lugar, las creencias preexistentes: nuestras ideologías particulares pueden afectar al grado de verdad que atribuimos a una información falsa una vez que ésta ha sido corregida (incluso pueden llegar a reforzar nuestra creencia en la información falsa).

Los estudios sobre los factores cognitivos que afectan a la persistencia de la desinformación ofrecen un panorama complejo. Aun así, los autores, como ya hicieron Cook y Lewandowsky en The Debunking Handbook, ofrecen unos principios de actuación para todos aquellos comunicadores que quieran combatir la desinformación:

1. Considerar qué “gaps” puede crear la corrección de una información en el modelo mental de la persona, y llenar ese gap con una explicación alternativa.

2. Repetir las correcciones, pero teniendo en cuenta que un exceso de repetición puede hacer que las personas aumenten su confianza en la desinformación.

3. Enfatizar los hechos que se quieran comunicar, y no la información incorrecta, ya que una exposición repetida a la información puede hacer que ésta quede más accesible en la memoria.

4. Si hay que mencionar un mito (una información que no es correcta), proporcionar una advertencia explícita de que se va a mencionar una información falsa.

5. Privilegiar las correcciones breves y sencillas: si el mito es más atractivo y simple que la corrección, será cognitivamente más atractivo y fácil de procesar.

6. Tener en cuenta si la corrección puede amenazar la visión del mundo de la audiencia: esa amenaza puede hacer que el público se aferre a su visión particular, bloqueando la corrección. En ese caso, la corrección puede presentarse de manera que, en cierta manera, afirme la visión de los oyentes.

Los autores mencionan una implicación muy interesante de su estudio: las técnicas para combatir la desinformación también pueden ser utilizadas para desinformar a la población. Y es que corregir una información falsa es cognitivamente indistinguible del afianzamiento de una falsa información: pensemos, por ejemplo, que el proporcionar una narrativa coherente es tanto una técnica para difundir informaciones falsas como para corregirlas. Así pues, los autores sostienen que es importante que el público tenga un concimiento básico de los efectos de la desinformación, como medio para desarrollar un saludable escepticismo ante la información que recibimos, y que nos proteja de los efectos de la desinformación.

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3 pensamientos en “Desinformación: cómo se origina y cómo se combate

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