Repensar la felicidad

chalkboard21Estas últimas semanas he estado finalizando un libro que, desde hacía mucho, estaba en mi lista de libros pendientes: hablo de la obra del psicólogo Daniel Kahneman Pensar rápido, pensar despacio.

Kahneman, premio Nobel de economía, ha pasado a la historia de la ciencia por sus trabajos, junto a Amos Tversky, sobre los sesgos cognitivos y la heurística del razonamiento. Pensar rápido, pensar despacio es la primera obra de divulgación de Kahneman, y representa un compendio de los principales hallazgos sobre nuestra manera de pensar que el psicólogo ha hecho en su dilatada carrera: es por esto por lo que es una obra informada, llena de datos sorprendentes, y una lectura obligada para toda persona que se interese por los detalles de la manera en que razonamos.

De todos los buenos capítulos de la obra, hay unos que me han parecido especialmente interesantes: los cuatro últimos (35 – 38), en los que Kahneman nos habla de los hallazgos que en los últimos años la psicología ha aportado a un tema de especial importancia para las personas, el concepto de “felicidad”.

No voy a realizar un resumen completo de estos capítulos: más bien, voy a apuntar algunos conceptos clave, invitando así al lector a dirigirse a la obra para obtener una imagen más específica.

Kahneman nos habla la existencia de dos “yo” (capítulo 35), el “yo que experimenta” y el “yo que recuerda”. Ambos yo son de gran importancia para la manera en que tenemos de juzgar nuestra felicidad. Aunque el yo que experimenta es responsable de registrar las sensaciones que tenemos de los eventos mientras éstos suceden, el yo que recuerda es que le da un sentido a esas experiencias. Y es que, como dice Kahneman:

Los recuerdos son todo lo que conservamos de nuestra experiencia vital, y la única perspectiva que podemos adoptar cuando pensamos en nuestras vidas. (p. 496)

Pero hay un grave problema en nuestra manera de interpretar a través del recuerdo: podemos confundir la memoria de una experiencia con la experiencia misma. Para ilustrar este hecho, Kahneman nos ofrece un revelador ejemplo:

Un comentario que oí de u miembro del público después de una conferencia ilustra la dificultad de distinguir recuerdos de experiencias. Contó cómo estuvo escuchando extasiado una larga sinfonía grabada en un disco que estaba rayado hacia el final y producía un ruido escandaloso, y cómo ese desastroso final “arruinó toda la experiencia”. Pero la experiencia no resultó realmente arruinada, sino solo la memoria de la misma. La experiencia como tal había sido casi por completo buena, y el mal resultado no podía anularla porque ya había acontecido. Mi interrogador había asignado al episodio entero un grado de defectuosidad porque había terminado muy mal, pero ese grado de hecho ignoraba 40 minutos de arrobamiento musical. ¿Quedó así anulada la experiencia real? (P. 496)

El yo que recuerda parece ser sensible a dos fenómenos relacionados con la experiencia:

  • La regla del pico final, según la cual lo que se tiene en cuenta de una experiencia para valorarla en su totalidad son “picos” significativos de intesidad
  • Olvido de la duración: la duración misma de la experiencia no se suele tener en cuenta a la hora de valorarla

Esta sensibilidad del yo que recuerda al pico final y al olvido de la duración puede tener efectos poco deseables cuando valoramos nuestra felicidad, o la de otras personas. Kahneman nos habla de un experimento (capítulo 36) con el que el psicólogo Ed Diener quiso averiguar si la regla del pico final y el olvido de la duración podrían afectar la evaluación de toda una vida. Para ello, se hizo la descripción de un personaje ficticio llamado Jen, una mujer que nunca se casó ni tuvo hijos que murió repentinamente y sin sufrir en un accidente de automóvil (p. 503). En una versión de la historia de su vida, Jen fue muy feliz, disfrutando de su trabajo y sus amistades, y cultivando sus aficiones. En otra versión, se añadían 5 años más hacia el final a la vida de Jen, que aunque eran agradables, se presentaban como menos buenas que el resto de su vida.

En una fase del experimento, los participantes leían las dos versiones de la historia de la vida de Jen, una tras otra, y valoraban cuán deseable había sido la vida de Jen: los resultados mostraron que los sujetos estaban claramente influidos por el efecto del pico final y del olvido de la duración, ya que tendían a pensar que añadir 5 años “pasables” a una vida entera de plenitud y satisfacción hacían que esta vida fuese peor:

La intuición de que los decepcionantes 5 años extras hacían de la vida entera pero era irresistible (p. 504)

Así, cuando evaluamos nuestra vida, parece que los picos de experiencia y los finales tiene más importancia que la duración de la misma.

Otro famoso experimento muestra hasta qué punto la valoración de nuestra felicidad está influida por factores puntuales (p. 138): a un grupo de estudiantes se les hizo dos preguntas: “¿se siente muy feliz estos días?”, y a continuación “¿cuántas citas tuvo el mes pasado’”; a otro grupo se les hizo las mismas preguntas pero en orden inverso: en primer lugar se les preguntó por el número de citas, y después por su nivel de felicidad. Los resultados mostraron que en el primer grupo de estudiantes, las respuestas no estaban relacionadas, pero en el segundo sí: los estudiantes con un menor número de citas decían sentirse menos felices que aquellos con un número elevado.

Las emociones que la pregunta de las invitaciones hizo aflorar estaban todavía en la mente de cada uno cuando llegó la interrogación sobre su felicidad en general. (p. 138)

Lo que se esconde tras resultados como el anterior es el fenómeno de la sustitución, que trata de responder preguntas difíciles hallando la respuesta a otras más simples (capítulo 38):

Preguntas tales como “¿Cuál es su grado de satisfacción con su vida?” o “¿Cómo es de feliz estos días’” no son tan simples como la pregunta “¿Cuál es su número de teléfono?” […] Como sucede con otras preguntas, algunas personas pueden tener la respuesta preparada, pues la han dado en otra ocasión el la que se les pedía una evaluación de su vida. Otras, probablemente la mayoría, no encuentran enseguida la respuesta a la pregunta precisa que se les hace, y automáticamente se facilitan la labor sustituyéndola por la respuesta a otra pregunta. (p. 519)

Esa otra respuesta puede venir determinada por sólo unos pocos sentimientos accesibles en el momento, y no por una evaluación cuidadosa del total de nuestra vida:

Es probable que pensemos en acontecimientos importantes del pasado reciente o del futuro próximo, o en preocupaciones recurrentes, como la salud del cónyuge o las malas compañías que el hijo adolescente frecuenta, o en logros importantes y fracasos dolorosos. Se nos ocurrirán unas pocas ideas que parezcan relevantes para la pregunta, y otras no. Incluso si no es influida por accidentes completamente irrelevantes […] la puntuación que sin tardar damos a nuestra vida viene determinada por una pequeña muestra de ideas inmediatamente disponibles para nuestra mente, no por una cuidados estimación hecha en los distintos ámbitos de nuestra vida. (p. 520)

Ésta es la esencia de la llamada ilusión de focalización, que según Kahneman puede describirse con la siguiente fórmula:

Ninguna cosa de la vida es tan importante como pensamos cuando pensamos en ella. (p. 524)

Esta ilusión de focalización puede ser responsable de que nos equivoquemos sobre nuestro actual estado de bienestar y sobre la felicidad de otros, así como sobre su felicidad en el futuro, al otorgar un peso exagerado a un factor puntual en la felicidad o bienestar total.

Cuando hablamos de felicidad futura, la ilusión de focalización está íntimamente relacionada con el llamado error de predicción afectiva, el cual:

Nos predispone sobre todo a exagerar el efecto de adquisiciones importantes o circunstancias distintas en nuestro bienestar futuro. (p. 528)

Y el error de predicción afectiva es, a su vez, la base del llamado miswanting, que se utiliza para describir las malas elecciones que se derivan de errores de predicción afectiva:

La ilusión de focalización crea un sesgo favorecedor de bienes y experiencias que al principio parecen ilusionantes, pero que acabarán perdiendo su atractivo. Aquí hay un olvido del tiempo que hace que las experiencias que conservan el valor de la atención a la larga serán apreciadas menos de lo que merecen. (p. 529)

Recapitulemos:

la valoración que hagamos de nuestra felicidad puede verse afectada por la confusión entre memoria y experiencia, de manera que incluso un vida larga llena de satisfacciones puede verse como poco deseable en función de unos pocos años finales menos agraciados; además, el efecto de sustitución puede hacer que valoremos nuestra vida y nuestro bienestar en función de unas pocas ideas que en el momento de valorar estén accesibles en nuestra memoria (ilusión de focalización), incluso aunque éstas sean irrelevantes para la valoración total; por último, podemos pensar que nuestra felicidad futura puede depender de unas circunstancias a las que damos un peso exagerado y poco justificado, llevándonos a realizar malas elecciones.

Como puede ver el lector, la felicidad se presenta como un concepto complejo y problemático a la luz del estudio de los sesgos en el razonamiento. Como dice Kahnemam:

En los últimos diez años hemos aprendido muchas cosas nuevas sobre la felicidad. Pero también hemos aprendido que la palabra felicidad no tiene un significado único y no debiera usarse como se usa. A veces el progreso científico nos deja más perplejos de lo que ya estábamos antes. (p. 530)

Referencia:

Kahneman, Daniel. Pensar rápido, pensar despacio. Barcelona: Debate, 2012. ISBN-13: 978-8483068618.

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