Cómo las campañas por la felicidad nos acaban haciendo infelices

La búsqueda de la felicidad ha pasado a ser una de las cuestiones más importantes en nuestras sociedades, una tendencia agudizada por los tiempos de crisis económica, social y política que estamos sufriendo. Vivimos rodeados de mensajes que nos invitan a buscar la felicidad. Y aunque muchos de estos mensajes puedan ser honestos, lo cierto es que también tienen su lado oscuro.

Un  estudio de hace unos meses, reseñado de manera excelente en el blog Research Digest, nos muestra los efectos negativos de determinadas maneras de entender el pensamiento positivo: según los autores, la abundancia de mensajes sociales que nos animan a ser felices pueden acabar haciéndonos sentir más tristes.

Los autores entrevistaron a cientos de estudiantes australianos y japoneses, y encontraron que aquellos que creían más firmemente que la sociedad esperaba que intentaran ser felices tendían a evaluar sus emociones negativas más negativamente. Así pues, creer que existe una expectativa cultural para que tratemos de ser felices está asociada con sentirse triste por el hecho de estar triste.

Y lo que es más: los individuos encuestados que sentían esta expectativa social más vivamente también manifestaban sentir emociones negativas con más frecuencia y tener un menor bienestar.

Los investigadores llevaron a cabo dos experimentos con individuos australianos basados en el fenómeno del “priming”: a los participantes se les invitaba a leer artículos de periódicos que hablaban sobre la felicidad para, después, pedirles que esciribieran sobre un evento negativo que hubiera tenido lugar en sus vidas.

Aquellos individuos a los que se les había proporcionado artículos que decían que la tristeza es infecciosa, o que las personas tristes son rechazadas por los otros, decían experimentar más emociones negativas tras rememorar un evento negativo de sus vidas. En cambio, aquellos individuos que leyeron artículos en los que se decía que las personas tristes son aceptadas y queridas, experimentaron menos emociones negativas tras rememorar el evento.

De esta manera, un recordatorio de la intolerancia de la sociedad hacia las emociones negativas podría agravar las propias emociones negativas que sentimos.

Hay un aspecto del estudio que resalta acertadamente la entrada de Research Digest. Los autores crearon una condición de control, en la que a los individuos se les proporcionaba artículos sobre fertilizantes, y por tanto que no se manifestaban en ningún sentido ni a favor ni en contra de la felicidad. En este caso, los participantes decían experimentar el mismo grado de emociones negativas que los participantes que leyeron artículos sobre la intolerancia de la sociedad a la tristeza. Y esto sugiere que la intolerancia social a la tristeza está tan difundida que no es necesario su recordatorio para que nos sintamos mal por sentirnos tristes. Dicen los autores:

Social pressures appear to be highly normative and particularly so within Western cultures

Los autores del artículo destacan un aspecto especialmente insidioso de las expectativas sociales: fijar objetivos emocionales que son difíciles de abandonar. Así, la profusión de recordatorios del valor de la felicidad asegura que las personas se embarquen, de manera explícita o implícita, en la consecución de esos objetivos, aunque evitar constantemente la tristeza sea más bien difícil de alcanzar. La ironía, pues, es que:

promoting particular emotional states as more desirable than others may achieve more harm than good

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